Volver
Me acerco al mostrador de la compañía de teléfonos.
—Quiero sacar una tarjeta SIM de México. Vengo de turista.
Dudo en decir que soy turista.
—¿De dónde nos visita?
—De España.
—Me permite su pasaporte.
Se lo doy. Me fijo que se fija en mi nombre, en mi foto. Voltea a verme con disimulo para comprobar que la de la foto soy yo.
—¡Qué bonito nombre!
Me pongo colorada y le doy las gracias.
—Le voy a sacar una copia a su pasaporte.
—Claro. El que nada debe, nada teme.
Sonríe y me mira con esos ojos que quieren explicar algo.
—Déjeme que le platique que…
Me empieza a hablar de robos, extorsiones y suplantaciones de identidad.
Pienso, “péreme tantito que apenas llevo un día en México”.
Cuando me preguntan cuánto tiempo llevo sin ir a México, evado la pregunta y digo mucho tiempo. Con este comentario doy por zanjado el tema, pero según parece mi respuesta es escueta y no da margen al chisme. Lo que sigue es un juicio demoledor, “pero ¿no extrañas México?, ¿no extrañas a tus papás?, ¿no extrañas la comida?”
No voy a escribir el por qué ha pasado tanto tiempo desde la última vez que vine a México, porque ya estoy aquí. Este año tuve una pulsión bárbara que me arrojó primero a renovar mi pasaporte y después a comprar el boleto de avión.
Mi familia vive en Morelia en el estado de Michoacán, pero el avión desde Barcelona llega al D.F. (a mí me gusta seguir llamándolo así, déjenme, soy feliz). Decidí quedarme unos días en esta ciudad que vive deprisa y sin remordimientos, antes de ir a ver a mi familia.
Estaba nerviosa y ansiosa. Era la primera vez que viajaba sola al D.F. Me propuse intentar camuflarme entre la gente y aparentar que era chilanga —no lo logré—, viajar a todos lados en metro, sentir el bullicio de las aglomeraciones en las horas pico, habitar sus calles, oler los puestos de garnacha, escuchar y disfrutar que me dijeran “muchacha, jovencita, señorita, güerita”, y saborear cada trozo de comida que me recuerda niñez, familia y el lugar que una vez fue mi hogar.
Lo primero que visité fue el Palacio de Bellas Artes. Un recinto cultural que vio cantar a María Callas, Luciano Pavarotti, Chavela Vargas o Juan Gabriel. Tuvo que esperar a que terminara la Revolución Mexicana (1910-1917) para que pudiera abrir sus puertas.
Salí del metro Bellas Artes y fue verlo ahí, imponente, todo hermoso para que me brotaran las lágrimas. No me dio vergüenza llorar. Lloraba de alegría.
Estoy más sensible que de costumbre. De alguna manera todo me conmueve. Escuchar y ver a los organilleros, músicos callejeros con sus trajes, boinas beis y sus organillos, instrumentos que funcionan con una manivela (herencia de los inmigrantes alemanes que llegaron a México en la época que gobernaba el afrancesado Porfirio Díaz). Se les pueden encontrar en varios lados, pero yo vi varios en la Alameda Central, un parque público del centro histórico que nació en 1592. Es el jardín público más antiguo de México y de América.
Sonidos grabados en la Alameda Central.
Incluso me conmueven los vendedores ambulantes, su tono jocoso, el verso y el grito pelado para anunciar promociones irresistibles que estimulan compras sospechosamente innecesarias.
Me sorprendió mi capacidad adaptativa y no volverme histérica por las toneladas de gente y el ruido vaporoso que sube desde las alcantarillas hasta la Torre Latinoamericana, y es que esta ciudad es mucha ciudad. Tiene cerca de 9.2 millones de habitantes solo en la capital y más de 21 millones en su zona metropolitana. Imaginen en el D.F. caben quince Barcelonas.
Puedo decir a modo de victoria personal que supe llegar a cualquier lado, no me perdí. Suena exagerado, pero me aterrorizaba la idea de no saber qué rumbo agarrar. A eso hay que agregarle que pasando el charco, hay un semáforo incluso en calles enanas. Acá me sentía torpe para atravesar esas calzadas inmensas que parece que comen peatones. Al principio imitaba a mis vecinos presurosos para cruzar. Ahora parece ser que ya me acordé cómo se hace. Atravieso con valentía esas calles superpobladas, esos cruces en los que los capitalinos se ponen de acuerdo para dar al mismo lado.
El D.F. es aún un territorio desconocido, pero me queda algo de tiempo para explorarlo, admirarlo, y también, odiarlo. Nací aquí. Viví doce años de mi infancia. En el fondo me hubiera gustado vivir más en esta ciudad en la que ahora soy visitante, este lugar que te acoge y expulsa, que saca lo mejor y peor de ti, que te da pero también te quita.
Viajé en el CableBús desde Los Pinos hasta la estación Vasco de Quiroga. Me pareció una forma linda y práctica de recorrer largas distancias.
Aunque llevo mucho tiempo fuera, intento leer las noticias con regularidad. Tengo muy presente lo que pasa con las mujeres: los feminicidios. Las cifras son aterradoras. En el 2024 más de 18 mujeres fueron asesinadas cada día en México (lo tipificado como feminicidio, los asesinatos son más). Eso de alguna manera ha influido y he tomado “precauciones” en mi forma de estar y de vestir. Tenía miedo de sufrir algún tipo de violencia verbal —o algo peor— por ser mujer, hasta ahora no ha ocurrido, las miradas, sí.
¿Cómo le hacen las mujeres mexicanas para sobrevivir en esta vorágine de violencia y machismo que vive el país?
¿Cómo le hace mi mamá, mi hermana, mis primas…?
Me sorprende que se sigan escuchando las mismas canciones de hace treinta años y que yo recuerde y tararee la letra. Encuentro encanto en los puestos callejeros de comida que inventan cualquier mezcla inverosímil para llenar la panza de los hambrientos y glotones, los rostros que no disfrazan las sonrisas, los saludos y agradecimientos llenos de algo que me suena que es cariño. Esos gestos cotidianos para mí son apapachos de bienvenida que me da la ciudad.
Pienso que la capital hay que contemplarla y entenderla con las piernas. He tomado la decisión, para algunos radical, de caminar para averiguar qué hay detrás de los edificios, plazas, callejones… Solo tomo el metro para llegar a una zona, y a partir de ahí las piernas dictan el rumbo. Planeo mis salidas día a día. Contemplo visitar tres o cuatro lugares y eso da margen a la improvisación. Una tarde estaba en el Monumento a la Revolución y dije “y si me voy al mercado de la Merced”, un mercado que data del siglo XVI, Google Maps marcaba cincuenta minutos, para mí eso es asumible. El trayecto para llegar hasta ahí, me mostró el mundo de la fayuca y el amor incondicional que tienen los mexicanos por las chácharas.
Estoy grabando audio, tomando fotos y videos de mercados, comidas, glorietas, calles, personas, plazas, plantas, estatuas … Quiero documentar este viaje, para que se quede mejor en mi memoria, pero también que sirva de material de escritura y de un proyecto personal de audio.
Sonidos grabados en el Zócalo.
Todo me parece novedoso, y a la vez parte del pasado, del presente, tal vez del futuro, y sin duda, parte de mí.
Soy turista en mi propio país.
Regresar al lugar al que uno ha nacido, reconocer cosas pero desconocer otras es un shot emocional que me hace pensar ¿el lugar es distinto o yo soy distinta?
Pienso mucho en lo qué significa reencontrarse con lugares, sonidos, olores, formas, texturas, personas… En este viaje me abrazo cada día a la palabra redescubrir; siento que estoy en una búsqueda constante de algo que no vi en el pasado y que ahora sí quiero ver.
Este es el inicio de varios textos que estarán dedicados a México. Es posible que la periodicidad de la nius se vea alterada y haya más de un escrito por mes.
Esta entrega fue auspiciada por el Instituto Mexicano del Sonido (IMS), creado por el productor y DJ mexicano Camilo Lara, originario del D.F. Inició en 2004 —año en el que me mudé a Barcelona, allá lo descubrí— el IMS mezcla sonidos y ritmos tradicionales mexicanos como la cumbia, el mariachi y el danzón, con electrónica, funk, hip-hop y beats modernos.
El álbum que más me gusta es Político y las canciones: México, Se baila así, Tipo raro, Ritmo internacional, El jefe y Revolución.
Cualquier cosa, aquí andamos. Me gusta que me leas, pero me gusta más y me hace más feliz que me hagas compañía con tus comentarios.
Gracias por leerme y por la escuchadera.
¡Nos vemos el pronto!
Y de colofón puedes seguirme en:






Qué bueno que puedas tener ese entusiasmo ante la vuelta y disfrutar de una de tus ciudades. En mi caso, cuando voy de visita a la Argentina, sufro el choque cultural inverso. Y también me agoto emocionalmente.
Estaba esperando tu primer texto sobre México, Mali, qué bello viajar un poco contigo a esa ciudad que me muero de ganas por conocer y poder verla desde los ojos de alguien que no va, sino que regresa. Me quedo con esta frase: “siento que estoy en una búsqueda constante de algo que no vi en el pasado y que ahora sí quiero ver.”